El amor es como el amor de Moka

Moka llegó hace 8 años en un día de noviembre por la noche, siguiendo a mi esposo como perrito de la calle y decidió quedarse, Luis no era tan feliz con la idea, pero una vez que le conté la creencia de que a veces los gatos nos eligen porque tienen una misión por cumplir, apoyó la idea de que formara parte de la familia, ya que además lo había elegido a él, con ella nos pasó como cuando tienes el tercer hijo, ya no guardas recuerdos, ni marcas fechas especiales en el calendario.

Era la más hermosa birmana de pelo largo, detrás de tantas pulgas y bigotes quebrados por la desnutrición estaba la gata más rezongona y platicadora, que durmió por dos días seguidos en un cojín, solo comía, dormía y nos daba cariñitos.

Poco a poco fue ganando el corazón de Luis que era más un corazón perruno que gatuno, el aceptaba y toleraba mi tendencia a los gatos porque me ama, pero no era fan, hasta ese momento.

Tuvo una conflictiva esterilización, pero después de mil cosas salió adelante con muchos cuidados y cariños, si, su carácter cambió, se hizo menos platicadora y por un tiempo estuvo triste, pese a todo siempre pensamos que le dábamos el mejor regalo.

Con ella vivimos mil cosas, infestaciones inesperadas de pulgas, periodos de crisis con croquetas baratas, mudanzas, enfermedades, navidades con ella al lado junto con sus dos hermanos gatunos, Nucita y Mateo, era uno más de Los Yeyos.

Es famosa entre los amigos que nos visitan en casa por sociable, cariñosa y respondona, era la primera en chismosear al ver que alguien llegaba a casa, amorosa con cualquiera que llegara, se ganó el apodo de “La gata poly” porque adoraba a los hombres jóvenes, y a todos les exigía atención y cariño.

Ni que decir de quien se quedaba a dormir, exigía literalmente con las garras atención a la hora de la madrugada que se le antojara, todos la amaban y alucinaban como suele suceder con los gatos con un temperamento tan único.

La primera vez que vino Gio a casa, ya como mi vínculo fue la primera en darle la bienvenida, tengo un par de fotos de miradas de ternura entre los dos, los amé a ambos por esos momentos.

Era tan ella, jamás se acostumbró a quedarse en casa, amaba el jardín de los vecinos o tomar el sol a mitad de nuestra cerrada, ni la lluvia podía detenerla, los primeros años a nuestro lado fue gata de interior para su descontento, pero una vez que llegamos a nuestra actual casa se sintió libre y no pudimos detenerla, se lo que mucha gente gatera opina al respecto, pero a veces la naturaleza se impone y fue libre como siempre debió ser.

Hace un par de meses la madre de mi esposo trascendió y se volvió más apegada a él, como nunca,  de por si su relación era muy cercana, al único al que solía hacer caso era a Luis, a nadie más, me alegré por que se tuvieran uno al otro también.

Días después el comportamiento de Moka empezó a cambiar, se iba por más y más tiempo del que solía hacerlo, empezaba a llegar tarde a las horas de la comida, después empezó a faltar a las comidas y finalmente hace unas semanas no volvió.

Me esfuerzo por recordar la última vez que la vi en casa tomando el sol en la puerta principal (estorbando como la reina que era, pues poco le importaba), o la última vez que se acurrucó junto a mí, la ultima vez que la bajé del comedor regañándola y no puedo, no logro hacerlo.

La buscamos por todos lados, la llamamos en diferentes horarios y simplemente ya no estaba, se esfumó, me consuelo pensando que se fue siguiendo a alguien como lo hizo con  Luis, fantaseo pensando que es una gata eterna que tiene por misión llegar a dar luz a distintas personas en distintas épocas.

Me es imposible no pensar que todo mi proceso poliamoroso también me preparó para vivir esto y dejarla ir, el amor es así, llega un día sin esperarlo, todo lo pone patas arriba y un día se acaba, todo cambia como dice Mercedes Sosa.

Si, estoy agradecida por haberla podido amar, duele saber que ya no está conmigo, con nosotros, pienso en ella y le mando todo el amor que le tengo, pero la dejo ir deseándole que sepa que se fue dejándonos mucho de ella, entre pelitos color café con leche y bigotes bicolor.

Te vas Mokaccina y te llevas un cachito de mí, hasta que nos volvamos a encontrar y me vuelvas a hacer “Purrr”.

Acostarme en tu pecho húmedo,

Empaparte en agua bendita de mis labios,

Crucificarte en mis sábanas,

Que mis dientes sean los clavos

Que me unan a la cruz de tu cuerpo,

Que mis pezones sean las espinas que hagan sangrar tu rostro,

beber el elixir que emana de tu cáliz,

Hacer una eucaristía con tu sangre,

Declararte mi irreverente deseo con un sorbo de tu vino sagrado.

Cuando hablamos de negocios verdes en este blog, nos referimos a negocios cannábicos, si, si por supuesto, lo que haya pasado por tu mente lo he oído ya.

Déjame te cuento, nací en 1977, soy la “colita” de la generación X (Xennial para algunos) y en mi generación todo lo referente al cannábis era un tabú, escuchamos desde el momento 1 que era una droga malévola digna de hippies y vagos, era el diablo personificado, se nos enseñó que la marihuana era la droga de entrada para toda persona que veía hundir su vida y era lo peor que pudieras toparte en la vida.

Recuerdo claramente a mi padre que sufría de “Gota” un día ponerse alcohol con “de la verdecita” (como le llamaba el) y desatar la ira de mi madre quien vació el contenido de su preciado frasco por el lavadero, era muy bajo lo que mi padre estaba haciendo, a sus ojos, ahí fue mi primer encuentro con la marihuana en los años 80.

Pasaron los años y era una chica tan cuidada como reprimida, esa es la mera verdad, por circunstancias de la vida caí en un maravilloso antro de vicio y perdición llamado Escuela Nacional de Antropología e Historia, donde pase semestres maravillosos y donde mis mejores trabajos fueron resultado de una mezcla de humo y mi PC con WordStar, para mi era la parte lúdica vinculante con mis amigos y un coadyuvante para un mejor nivel de concentración, aspecto que curiosamente siempre mencionaba a mis amigos pachecos y se pasaba por alto como un “¡Ah!, mira que interesante”, estas circunstancias cambiaron cuando uno de mis hermanos mayores informados por alguien que conocía y trabajaba a la par de su oficina y la ENAH, le contó “de mis malos pasos”.

Un tiempo después cuando llegué a la Facultad en C.U no era tan difundido ni aceptado el consumo de cannabis así que me alejé sin mayor problema, creo que debí ser de las pocas personas que no iban a hacer lo propio a las famosas “Islas”.

Pasaron mil cosas en mi vida, demasiadas para contarlas en esta entrada, solo puedo decir que hay un corte hasta por ahí de los 40 años donde en otra entrada de este blog en la sección de “Poliamor” cuento cómo es que llego a esa fase de mi vida.

Dentro de la comunidad poliamorosa el uso recreativo del cannabis está muy difundido y en este medio fue como tuve contacto con todo tipo de personas de todas las áreas que son consumidores asiduos.

Años antes yo había desarrollado un negocio de repostería fina que terminó por desaparecer por mi interés en otras áreas en mi vida laboral y falta de tiempo, sin embargo, fue siempre mi pasión, en este punto quise retomar ese negocio que alimenta mi parte creativa, a través de desarrollar comestibles de calidad gourmet cannábicos pero mi conocimiento y experiencia en esa área no la tenía aun desarrollada hasta que llegó a mi vida alguien sumamente especial que tenía todo el conocimiento necesario para trabajar el cannabis pero no la experiencia en repostería, y ahí dos universos colapsaron y dieron origen a los múltiples negocios verdes que hemos construido, siempre con el apoyo y respaldo de mi esposo que es además el conejillo de indias de todo lo que pasa por nuestros hornos.

Actualmente nuestros negocios verdes tienen una cabeza, WEED FANS, y no solo atendemos la parte lúdica del cannabis buscamos ser facilitadores en el consumo terapéutico y coadyuvante de muchas condiciones, desde las neurológicas hasta las patologías físicas crónicas.

Esto para nosotros apenas empieza, tenemos un mundo que espera nuestros productos para elevar su calidad de vida siempre de forma informada y libre.

México vive momentos históricos con respecto a la legalización del consumo del cannabis, que por cierto es como la aspirina, entre más se le estudia más beneficios se le encuentran, y yo, al menos con el equipo del que formo parte, estamos más que listos.

Como mucha gente de mi edad y condición para mi la monogamia solo significaba la estructura social común, “normal”, la que aprendes y no cuestionas, mi procedencia es de una familia católica estándar, somos 6 hijos producto de una pareja que actualmente tienen 83 años de edad en un matrimonio que recientemente cumplió 62 años, así que nada de esas cosas raras propias de jeques árabes, eso no era lo común en mi entendimiento.

Pero como todo en la vida, la realidad se impone al margen de estructuras sociales, lo queramos o no, algunas cosas que nunca nos enseñaron, por conveniencia, por control o por simple inercia social suceden dejándonos confundidos y sin brújula.

Así me sucedió un día en el que me vi casada, a punto de ser madre, enamorada perdida de mi esposo, pero sintiendo mil cosas por un hombre que estuvo en mi pasado, de hecho, dejé a este hombre por mi actual esposo.

El y yo habíamos salido un tiempo mientras vivía en México por un traslado laboral, el esperaba una relación de compromiso y regresar conmigo a su país, yo estaba en otro “trip” en mi vida buscaba desarrollarme laboralmente, algunas metas personales no comprendían una boda o un cambio de país, así que mientras el quería una cosa, yo trabajaba por otra y en ese camino de fuerzas opuestas conocí a Luis, mi esposo y mi mundo implosionó, fue conocerlo y saber que quería estar con él, sin importar mucho qué y cómo pasaría, tuve la fortuna de que el deseara lo mismo y compartimos un camino que al día de hoy está a punto de cumplir 20 años.

Mi antiguo amor se fue del país, un tiempo después y se casó casi inmediatamente con su ex novia, no entendía el porqué de su acelere, obviamente rompimos y nos alejamos, sin embargo, un día antes de mi boda me llamó desde su país para pedirme que no me casara y lo eligiera a el (si, ya estando casado) aquello era un drama telenovelero que me sorprendía y divertía por igual, no creía que esas cosas pasaran en la realidad, de sobra está decir que terminamos por cortar comunicación nuevamente, hasta 3 años después.

A punto de ser madre de mi único hijo, me contactó por correo electrónico y reiniciamos una comunicación mucho más sincera y adulta y surgió toda una vorágine de emociones que nos inundó a ambos, de igual forma y con la misma fuerza, ¿Qué sucedía?, ¿Cómo podía sentir cosas por alguien que no fuera mi amor?, ¿dónde está aquello de un solo amor de tu vida?, nunca expresamos realmente lo que sentíamos, solo expresaba su enorme deseo por ser padre y no lo lograba, me platicaba la enorme ilusión que le hacía saber que yo tenía un hijo varón, su gran sueño y lo mucho que deseaba que hubiera sido conmigo, llegábamos al límite pero no lo cruzábamos, lo más cercano a una declaración de su parte rezaba con la canción de Ismael Serrano, “Vértigo” :

“Otro hombre dormirá contigo

Y dará nombre a todos tus hijos.

Ven, acércate a mí,

Deja que te vea,

Que otras primaveras

Te han de llevar muy lejos de mí”.

Asustada inicié un alejamiento de él, de sus textos, de sus letras que comprometían mi sentir monogámico, el cual sufrió una pausa cuando me informó que tenía un diagnóstico de cáncer de pulmón, de sobra está decir que aunque mi esposo sabía que tenía conversaciones con él, la esposa de el no lo sabía, así que la comunicación cesaba cuando sufría una intervención, un ciclo de quimio, hasta volver a leerlo, un día simplemente no pude más con el proceso, envié un correo que aun conservo y aun lloro cuando lo leo, donde me despido porque temía serle infiel a mi esposo, (si no es que ya lo estaba siendo).

Sucedió en un mes de marzo de hace 10 años que recibí un paquete con último libro publicado acompañado de una carta de despedida escrita de puño y letra, donde me pedía que dejara de fumar y nunca lo olvidara, el paquete fue enviado por su mejor amigo, a un mes de su fallecimiento.

¿Quién podría olvidarlo? Yo nunca pude, lo llevé en mi corazón en un lugar lleno de culpa y preguntas de “¿y qué hubiera pasado si…?”, lo enterré dentro de mí, ciertamente como se entierra a un muerto.

Años después con varias reinvenciones y sanaciones personales, junto con otros factores me vi diciéndole a Luis mi esposo que quería experimentar el abrir la relación, él hombre racional y objetivo me pidió que lo pensara bien dado que habría implicaciones que debíamos lidiar, y que de abrirlo no debíamos hacer reclamos mutuos, acepté e iniciamos un camino que nos llevó por ética al Poliamor.

Camino que no dejó de llevar en su haber cadáveres de mil cosas que se fueron y no volverán, de ver hacia dentro de nosotros como jamás lo imaginamos, lo mejor del poliamor para mi ha sido aprender a amar y cuidar a la persona más importante para mí, yo.

Hoy en mi vida amo a dos grandes hombres, Luis mi esposo y Gio mi vínculo, novio, amante, amigovio o como les guste, los amo a ambos profunda y significativamente, pero eso es material para otra entrada.

Había pasado 10 meses coexistiendo con la idea de la pandemia, desde que lo conocí a él y la vida
se volvió más esperanzadora que de costumbre, me había traído luz y más amor, nos habíamos
estado dando lo que solo guardábamos para nosotros, para unos cuantos.


En algún momento entre sonrisas y besos coincidimos en que para nosotros la pandemia nos había
dado tregua cuando nos conocimos, ¿cómo podría ser diferente? Mi proceso personal estaba
enfocado en aprender de mis errores y asumir las consecuencias de mis decisiones y llegó el con los
ojos chispeantes de vida y lleno de colágeno para enseñarme de perdón, conciliación y redención.


La realidad nos pasaba de lado, nos rozaba, pero no nos tocaba, construíamos cimientos de vida
mano a mano él y yo, y también de la mano de mi esposo habíamos armado un elevador de sueños.
Pero la realidad es esa cosa que se instala, se pone cómoda y no se va hasta que la ves a los ojos y
le prestas atención, tan agridulce como la felicidad, como el amor, como la pasión, como el
poliamor.


Un día el andamio a la luna se vino abajo, la fractura sucedió cuando la madre de mi esposo enfermó
de bicho (si, ese), la noticia fue de por si una mala noticia, preocupante, apabullante, acompañada
por supuesto de su dosis de zozobra e incertidumbre, ahí se sabe que tanta tolerancia se le tiene a
las malas rachas, qué tan elástico eres a soportar la llegada de la noche sabiendo por empatía de lo
que implica no poder respirar un poquito más.


Se oscila entre la esperanza y la fe y lo puro y duro de las estadísticas y probabilidades médicas, se
va del pensamiento más lleno de luz hasta de la gran elección de emociones negras , puro tiempo
perdido porque la vida y en este caso la muerte se impone, un medio día de trabajo, entre correos,
mensajes de texto y llamadas, la llamada más triste llegó, ojalá y no lo hubiera hecho.


No se si había más llanto, descanso o necesidad de aceptación, pero todo eso nos inundó.
Si se sobrevive, pero no porque lo elijas, es que no queda más que seguir respirando, seguir
andando, en la más densa ironía, es la vida la que te lleva a aceptar la muerte.
Nos concentramos a esperar la segunda dosis de la esperada vacuna, ella traía la compañía de él, su
luz para acompañar, cuidar y apoyar vendría unos días a darnos amor a casa, la esperanza, la
felicidad real, simple y llana venía con él.


De la mano de mi esposo esperaba el pinchazo prometido, y camino a acomodarme recibí el mensaje
de texto de él, con la noticia de exposición al bicho (si, otra vez), preocupación, llanto, nostalgia,
todo me inundaba cuando recibí la vacuna, en los brazos de mi esposo encontré consuelo y soporte,
mi mirada perdida solo pudo enfocar un área del suelo, justo frente a mí, una abeja muerta

.
No pude más que pensar que era el recordatorio de la realidad que vivimos, todos sabemos la
importancia de las abejas en el mundo y para nuestra propia subsistencia, buscamos hacer lo que
nos toca, sembramos flores, las cuidamos, creamos espacios para ellas y las recibimos sin miedo y
con alegría y aun así las abejas se mueren, aun así se van yendo, conservamos la idea de hacer lo
propio, buscamos acallar nuestras consciencias buscando hacer lo correcto, lo esperado, pero aun
así las abejas se siguen muriendo.

El sol de la mañana se posa en tus ojos,
Un nuevo motivo para iluminar la pantalla,
Un “amor” escrito cobra latidos intensos,
UEl sol de la mañana se posa en tus ojos,
Un nuevo motivo para iluminar la pantalla,
Un “amor” escrito cobra latidos intensos,
Una barba salpicada se vuelve el marco de una sonrisa cálida,
Una desnudez bajo un sombrero provoca ternura y deseo.
Irremediable adivinar el tamaño de tus manos,
La forma de tus pies,
Tu ceño fruncido cuando te enojas.
¿Cómo evitar darte este pedacito de corazón?

Un hombre fornido, “cargador” les dicen, llevaba arrastrando el enorme armatoste, finalmente salía de la casa, sentí entre alivio y pérdida de peso muerto, era imposible no recordar lo mucho que estorbaba en la mitad de la sala en casa de mis papás cuando era niña, odiaba pegarme en los tobillos al pasar junto a él.

Recordé también el ver a mamá recostarse en el cuando el dolor de vesícula incrementaba, lo molesto que era aspirarlo y limpiarlo, ahí en algún momento de los años 90 trascendió Pompeyo el gato compartido con mi hermana.

Concentrada en la vida de estudiante universitaria no me pregunté demasiado que había pasado con el viejo sillón, solo un día no lo volví a ver en casa, tampoco es que lo extrañara tanto, simplemente no figuraba entre mis prioridades.

Un día de comienzos del nuevo milenio conocí a Luis, inicié mi vida de adulta responsable junto a él, la vida era buena, jamás volvió a cruzar mi mente el recuerdo de un  sillón rojo pasado de moda, pero la vida es cíclica, así que un día llegué a una casa casi abandonada por una década propiedad de la familia extendida en críticas circunstancias, es sabido que en momentos así pocas cosas sorprenden, y si,  ahí estaba esperando paciente el viejo sillón, no sabía si reír o llorar, reír por la coincidencia como de quien encuentra un viejo conocido o llorar porque no era mi favorito y de hecho traía demasiados recuerdos de infancia, no necesariamente malos pero tampoco gratos.

Fue acompañante de conversaciones difíciles con el hijo ya adolescente, llanto de frustración con mi amor quien decidía si se quedaba o se iba,  había muchas razones para que se quedara, el sillón, no mi amor,  principalmente el hecho de que pesaba como un alma torturada, el amor se quedó, mutó pero floreció, así que se quedó triunfante a mitad de la casa (también el sillón) por unos años más, me limité a no pensar en el más de lo necesario.

Paso el tiempo y llegó él, el terremoto, a media hora de haber decidido renunciar al sube y baja poliamoroso, ironías del universo o coincidencias estratégicas de un poder superior con tintes sádicos, y de un día para el otro, se metió como gato por la ventana, se hizo de su lugar, se puso cómodo y se dispuso a quedarse, así llegó el  día en que lo vi dormir en el viejo sillón rojo, con el cabello largo y revuelto sonrisa de ángel y mirada de estrella, ¿quién lo diría? Yo no.

No solo el terremoto se quedó, se hizo amigo del amor y del hijo, se volvió otro amor, aun me place vernos a todos tomar café y platicar, no se por cuanto tiempo, como es costumbre tampoco lo pienso demasiado, me siento en paz solo de disfrutarlo.

Hoy el sillón se lo lleva arrastrando un hombre, va directo a la nueva casa del terremoto que lo tendrá en préstamo a manera de cama y sala, casa que está a unas cuadras para pasar más tiempo juntos, el y yo, él y mi familia, la polícula completa.

Ignoro cuánto tiempo dure el sillón, si regresará o se irá definitivamente, he aprendido a ver que nada se va del todo, nada nos abandona nunca, a veces simplemente no podemos verlo, pero ahí sigue, solo se convierte en algo más.

Si que algo queda, quedan tus ojos chispeantes,

Tu andar a mi lado como de quien toma posesión del mundo,

El toque de mi cintura que me marca como relámpago.

Tus manos y las mías unidas,

ahora a la luz, antes en deseosa armonía, solos.

El cruce de nuestras miradas

Nos une la complicidad,

Horas antes entre sudor y miradas de ojos entrecerrados.

Beso tus manos porque cuando lo hago,

Me recuerda las batallas entre pasión y ternura a tu lado.

No notamos el mundo alrededor, no existe diferencia entre nosotros,

No hay tuyo o mío, todo es nuestro,

Somos el uno del otro, y nunca nos hemos pertenecido más.

Un último abrazo nos dice que la vida sigue,

La certeza de que lo que nos une, va con nosotros,

Sabemos lo que somos, siendo uno, siendo uno del otro,

De nosotros mismos.

Si que queda, queda lo vivido, lo dado,

Lo compartido, lo que no regresará, el riesgo, la apuesta,

El amor.

Tu abrazo me recuerda que la diferencia existe, entre nosotros

Nuestro amor todo lo inunda.

Fue el destino o las habilidades de parametrización de un buen programador, yo quiero creer que el azar, no lo sé, en más de una ocasión apareciste como opción y la seguí ignorando hasta que  llegó tu mensaje, miles de llamadas estériles, y un día aterrizaste 5 minutos antes de retirarme, la conexión se dio y por 6 horas de mensajero instantáneo me cambiaste el mundo.

Estabas ahí parado, en una esquina con esa sonrisa que me parecía triste y no pude más que abrazarte, protegerte, tan guapo y arreglado, con esa sonrisa perfecta, nunca más nos separamos

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